La lluvia golpeaba incansablemente contra el cristal de mi oficina en Denmark Street, densa y fría, llenando el silencio de la habitación. El único otro sonido era el tic-tac lento y rítmico del viejo reloj de pie en el rincón. Cambié el peso de mi cuerpo en la pesada silla de madera, sintiendo un dolor sordo en mi pierna amputada a medida que el frío húmedo se filtraba por las tablas del suelo.
Londres aún no se recuperaba, tres meses después, de la trágica muerte de la supermodelo Lula Landry. Para la policía y la prensa, era una tragedia resuelta: una joven problemática, una oscura noche de invierno y una caída desde un balcón en Mayfair. Pero en mi oficina estrecha y con corrientes de aire, yo no pensaba en celebridades. Estaba contemplando una pila de facturas sin pagar, preguntándome cuánto tiempo más podría mantener las puertas abiertas.
Un golpe tímido resonó en la puerta de cristal esmerilado, rompiendo mi concentración. Mi secretaria temporal abrió lentamente.
—¿Sr. Strike? Disculpe que lo moleste —dijo Robin con voz baja—. Su cita de las diez está aquí. Un tal Sr. John Bristow.
Me froté los ojos cansados y suspiré.
—Bristow... De acuerdo. Hazlo pasar, Robin. Y trae dos tazas de té si nos queda alguna bolsa.
—En seguida, señor —asintió ella, volviéndose hacia el pasillo.
El chasquido de unos zapatos de cuero costosos resonó contra la alfombra cuando un hombre alto e impecablemente vestido entró en la habitación, ajustándose el abrigo con nerviosismo.
—¿Cormoran? Santo cielo, han pasado años —dijo John Bristow, mirándome fijamente—. Apenas te reconocí con la barba. Tú... tú eras amigo de mi difunto hermano, Charlie, cuando éramos niños.
—Recuerdo a Charlie, John —respondí, indicando el asiento frente a mí—. Era un buen chico. Lamenté mucho enterarme de su fallecimiento hace todos esos años. Pero siéntate, por favor. ¿Qué trae a un socio mayoritario de un bufete corporativo a una oficina en ruinas como la mía?
Se sentó con torpeza, inclinándose sobre mi escritorio con una energía desesperada y punzante.
—Es sobre mi hermana adoptiva. Lula.
—Lula Landry —señalé—. Los periódicos no han parado de escribir sobre ella desde enero.
—¡Los periódicos mienten! ¡Y la policía también! —insistió John, apretándose las rodillas hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Dijeron que fue un suicidio, Cormoran. Dijeron que estaba deprimida, que tuvo un episodio maníaco y saltó. ¡Pero yo la conozco! ¡Estaba feliz esa semana! ¡Estaba haciendo planes para el futuro!
—John, el informe oficial del forense fue exhaustivo —le advertí con suavidad—. Su puerta principal estaba cerrada por dentro. No había señales de entrada forzada.
—¡Porque quienquiera que lo hizo sabía lo que hacía! —Abrió a toda prisa un maletín de cuero y deslizó una fotografía impresa de baja calidad sobre la madera—. Mira esto: es un fotograma de una cámara de tráfico cerca de su calle, tomada dos minutos después de que se estrellara contra el pavimento. Mira en la esquina. Hay una figura con una sudadera oscura con capucha corriendo hacia el callejón. La policía lo desestimó como un transeúnte cualquiera, pero yo sé que es su asesino.
Encendí la lámpara del escritorio y me incliné más cerca, estudiando la imagen borrosa bajo la pálida luz.
—Está borrosa, John. Podría ser cualquiera esquivando la lluvia.
—Por favor, Cormoran —suplicó John, con la voz quebrada—. Fuiste investigador de la Policía Militar. Sabes mirar donde otros no lo hacen. Mi familia tiene dinero. Te pagaré el anticipo completo, el doble de tu tarifa habitual, si tan solo pasas una semana investigando sus últimas horas. Si no encuentras nada, lo dejaré ir. Lo juro.
Lo miré y luego bajé la vista hacia la notificación de alquiler vencido en rojo brillante que estaba en la esquina de mi escritorio.
—Una semana, John —dije tras una larga pausa—. Revisaré las declaraciones de los testigos, comprobaré su cronología y te daré una respuesta sincera. Sin promesas.
John exhaló un suspiro de alivio visible.
—Gracias, Cormoran. Gracias.
Una vez que John se fue, Robin entró en la oficina portando dos tazas de té humeante y dejó una frente a mí.
—Parecía... extremadamente ansioso —observó.
—Es un hermano en duelo, Robin. O un hombre aferrado a la negación —dije, sacando una carpeta nueva—. Prepara un expediente nuevo: Landry, Lula. Necesitamos reconstruir sus últimas cuarenta y ocho horas.
—Ya me adelanté, Sr. Strike —dijo con una leve sonrisa—. Mientras usted hablaba, saqué los registros públicos de sucesiones y los archivos de la agencia de adopción.
Le di un sorbo al té, realmente sorprendido.
—¿De verdad? Se supone que eres una recepcionista temporal, Robin.
—Me gusta ser minuciosa —sonrió con modestia—. Lula fue adoptado por los Bristow cuando tenía cuatro años. Son una familia de dinero antiguo, extremadamente rica, pero muy tradicional. Pero mire estos extractos bancarios de los últimos tres meses: Lula estaba realizando grandes retiradas de dinero en efectivo todos los martes.
—¿Drogas? ¿Un chantajista? —pensé en voz alta.
—Tal vez. O algo personal —respondió Robin, dando golpecitos en sus notas—. Encontré la factura de un detective privado en sus gastos personales de hace seis meses. Contrató a alguien para rastrear a sus padres biológicos.
—Una supermodelo con millones en el banco, viviendo en una jaula de oro, intentando averiguar de dónde venía realmente...
—Su madre biológica era una mujer joven que no podía permitirse mantenerla —explicó Robin—. Pero su padre biológico era un estudiante de Ghana llamado Agyeman. Y aquí está lo crucial: Lula descubrió que tenía un medio hermano biológico viviendo aquí mismo, en Londres.
—¿Un medio hermano? —Levanté la vista—. ¿Mencionó John Bristow a un hermano?
—No —dijo Robin con firmeza—. Los Bristow ni siquiera sabían que existía.
—Fascinante. Una joven que busca su verdadero linaje mientras está rodeada por la riqueza de su familia adoptiva. Robin, cancela mis recados de la tarde. Vamos a indagar en las cuentas financieras y representantes legales de Lula.
Durante tres días seguidos, Robin y yo trabajamos hasta altas horas de la noche. Mientras yo recorría el frío pavimento de Mayfair, entrevistando a dueños de boutiques, chóferes y vecinos reacios, Robin se sumergía en el rastro documental digital. En la tercera noche, mientras una luz fluorescente parpadeaba en el techo de la oficina, ella dejó escapar un ahogo de sorpresa.
—¡Strike! ¡Tiene que ver esto ahora mismo! —llamó.
Caminé a pasos cortos y rápidos hacia su habitación, mientras mi pierna mala protestaba por el movimiento repentino.
—¿Qué ocurre? ¿El banco liberó los registros telefónicos?
—Mejor —dijo Robin, girando su monitor hacia mí—. Cruzé la agenda de citas de Lula con un bufete de abogados exclusivo en Lincoln's Inn. Tres días antes de su muerte, Lula se reunió con un abogado sénior especialista en patrimonios.
—¿Por qué una modelo de veintitrés años necesitaría un abogado de patrimonios? —pregunté.
—Para redactar un nuevo testamento —reveló Robin—. Logré hablar por teléfono con una asistente legal que me confirmó que Lula estaba revocando su antiguo fideicomiso.
—¿Quién era el beneficiario según su estructura original?
—Como no estaba casada, todo —su fortuna multimillonaria del modelaje, sus fondos fiduciarios, su apartamento— estaba destinado a volver íntegramente a su familia adoptiva: su madre y, tras el fallecimiento de esta, su hermano adoptivo, John Bristow.
—¿Y qué decía el nuevo borrador? —presioné, apoyándome con fuerza contra su escritorio.
—Lula quería dejarle hasta el último centavo a su recién descubierto medio hermano biológico, Jonah Agyeman. Un joven soldado que sirve en los Ingenieros Reales.
Me quedé mirando la pantalla, procesando el cambio repentino en el tablero.
—Un soldado... ¿Sabe Jonah algo de esto?
—Según las notas del abogado, Lula planeaba reunirse con Jonah la noche en que murió para mostrarle los documentos preliminares —dijo Robin suavemente—. Pero aquí está el detalle: Lula murió antes de poder firmar la copia final.
—Lo que significa que, a ojos de la ley, el nuevo borrador no es válido. El antiguo testamento sigue en pie.
—Y cada centavo va directo al patrimonio de los Bristow —concluyó Robin.
Afuera, un retumbo lejano de truenos hizo vibrar los cristales de las ventanas.
—Unamos las piezas, Robin —dije, trazando la lógica en mi mente—. Sigue el razonamiento. John Bristow viene a mí afirmando que su hermana fue asesinada. Me muestra la foto de un hombre con sudadera. ¿Por qué un asesino contrataría a un detective para investigar su propio crimen?
—¡Para controlar la versión de los hechos! —comprendió Robin al instante—. Si John contrataba a un detective privado que confirmara oficialmente que fue un robo o un suicidio, ¡las compañías de seguros y los bancos liberarían el dinero de la herencia sin hacer preguntas!
—Exacto —asentí con amargura—. Pensó que yo era un veterano arruinado y desesperado que aceptaría su dinero, redactaría un informe rápido confirmando la teoría del suicidio de la policía y cerraría el expediente.
—Strike... mire las declaraciones corporativas de John Bristow para su bufete de abogados de finales del año pasado —instó Robin, abriendo otro registro—. Estaba muy invertido en esquemas inmobiliarios fallidos en el extranjero. Debe millones a prestamistas privados. Se enfrentaba a la ruina financiera total.
—A menos que le pusiera las manos encima al dinero de Lula —dije en voz baja—. Pero entonces Lula le dice que le va a dejar todo a un hermano biológico que él ni siquiera sabía que existía. Si ella firmaba ese documento, John iría a prisión por fraude de bancarrota.
—Así que fue a su apartamento esa noche para detenerla... —susurró Robin, horrorizada.
—No solo la detuvo, Robin. Acabó con su vida.
Para medianoche, el viento afuera en Denmark Street se había convertido en un vendaval. Había enviado a Robin a casa horas antes, deseando que la oficina estuviera vacía. Estaba sentado solo en mi escritorio, con una sola lámpara iluminando la detallada cronología prendida en mi pared, esperando.
Justo a tiempo, unos pasos pesados y apresurados subieron a saltos por las escaleras crujientes. La puerta exterior se abrió y John Bristow irrumpió, quitándose el paraguas mojado. Se veía sofocado, sin aliento y sumamente ansioso.
—¡Cormoran! Llamaste a mi teléfono privado tres veces —dijo John de golpe—. ¡Dijiste por teléfono que tenías pruebas clave! ¿Encontraste al hombre de la sudadera? ¿Era su novio, Evan?
—Toma asiento, John —dije, manteniendo la voz fría y plana.
Frunció el ceño, permaneciendo de pie.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué está tan oscuro aquí? ¿Dónde está tu asistente?
—Envié a Robin a casa. Quería que solo estuviéramos nosotros dos para esta conversación.
—¿Y bien? ¿Qué averiguaste?
—Averigüé que eres un mentiroso notablemente nefasto, John —dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Y un hermano aún peor.
John se tensó, adoptando una postura rígida.
—¿Perdón? Te estoy pagando una suma sustancial de dinero, Strike...
—Me pagaste porque pensaste que era estúpido —lo interrumpí—. Pensaste que un exsoldado lisiado y con la cuenta bancaria vacía simplemente tomaría tu dinero, daría el visto bueno al informe de suicidio de la policía y te ayudaría a complacer a los tribunales de sucesiones.
—No tengo por qué escuchar esta insolencia...
—Lula no saltó, John —resonó mi voz—. Tú la empujaste.
Un silencio sofocante se apoderó de la habitación, salvo por el silbido del viento al otro lado del cristal.
—Has perdido la cabeza —escupió John, endureciendo el tono—. ¡Eso es una difamación! ¡Estuve en casa toda la noche!
—No, no lo estuviste. Usaste una tarjeta de acceso de repuesto del apartamento para clientes del piso superior que tu bufete tiene en el edificio de Lula para colarte por la entrada lateral —expuse paso a paso—. Fuiste a su apartamento. La encontraste empacando sus maletas, sosteniendo el borrador de su nuevo testamento: el testamento que le dejaba su fortuna a Jonah Agyeman.
John empezó a tener espasmos nerviosos, y su pulida fachada corporativa se desmoronó por completo.
—¡Ella... ella había perdido la cabeza! ¡Le estaba regalando el patrimonio de nuestra familia a un extraño!
—¡No era el patrimonio de tu familia, John! ¡Era su dinero! ¡Ella se lo ganó! —gruñí—. Pero estabas en bancarrota. Te ahogabas en deudas. Le suplicaste que destruyera ese papel, y cuando se negó, la arrastraste a ese balcón helado y la arrojaste por encima de la barandilla.
—¡Cállate! —gritó.
—¡Luego te subiste esa sudadera oscura, bajaste corriendo por la escalera de incendios e inventaste a un asesino misterioso para despistar a todos! ¡Incluso mataste a su amiga Rochelle porque ella sabía lo del testamento!
Un agudo CLIC metálico resonó en la pequeña habitación cuando John abrió de un golpe una pesada navaja plegable. Su rostro estaba desencajado por una furia pura y frenética.
—Te crees muy listo, ¿verdad? —siseó John, con la voz temblorosa—. ¡Un soldado lisiado que vive en un desván! ¡Arruiné mi vida, lo di todo para asegurarme esa herencia! ¡No voy a dejar que un patético detective privado me arruine ahora!
—Suelta la navaja, John —ordené con firmeza—. No empeores las cosas.
—¡Nadie sabe que estoy aquí! —chilló—. ¡Una vez que te corte el cuello, quemaré toda esta maldita oficina hasta los cimientos!
Se abalanzó a través del escritorio de madera con un rugido violento. El escritorio se desplazó hacia atrás, la madera se astilló y la lámpara se estrelló contra el suelo, rompiendo la bombilla y dejándonos en una oscuridad casi total. Caímos pesadamente juntos sobre las tablas del suelo.
John cayó encima de mí, dirigiendo la hoja hacia mi rostro. Le agarré la muñeca con ambas manos, tensando cada músculo de mi torso para mantener el acero afilado lejos de mi cuello. Intenté girarme y usar las caderas para quitármelo de encima, pero mi prótesis resbaló en las tablas húmedas por la lluvia, privándome de todo punto de apoyo contra su peso frenético.
—¡Muérete! ¡Solo muérete! —gritaba, poniendo toda su fuerza en la hoja.
De repente, la puerta principal se abrió de golpe con un estruendoso ¡BANG!
—¡SUÉLTALO! —chilló una voz desde el umbral.
Era Robin. Cruzó la habitación oscura a toda prisa, levantando un pesado dispensador de cinta adhesiva de metal macizo por encima de su cabeza con ambas manos. Lo descargó como un mazo —¡CLANG!— golpeando a John directamente en la clavícula con una fuerza brutal.
John dejó escapar un grito de agonía agudo.
—¡AAARGH! ¡Mi brazo!
La hoja resbaló de sus dedos entumecidos. Aproveché la oportunidad al instante, clavando mi codo con fuerza en el esternón de John. Él se quedó sin aire, doblándose del dolor, y lo giré sobre su estómago, sujetándole la cabeza plana contra el suelo con un firme candado al cuello.
—¡Se acabó, John! ¡No te muevas! —jadeé, respirando con dificultad cerca de su oído.
A lo lejos, por Denmark Street, el débil y creciente aullido de las sirenas de policía atravesó la tormenta.
Robin permanecía de pie sobre nosotros bajo la tenue luz de la luna, temblando violentamente, aún empuñando el dispensador de cinta de metal.
—Yo... llamé a la policía desde la esquina. Ya están aquí, Strike.
La miré desde el suelo, luchando por recuperar el aliento.
—Robin... pensé... te dije que te fueras a casa.
Se limpió una lágrima de la mejilla, y una sonrisa fiera y desafiante se abrió paso a través de su conmoción.
—Ahora soy una investigadora, Sr. Strike. No dejo atrás a mi socio.
Tres días después, Londres despertó con un titular muy diferente. John Bristow fue puesto en prisión preventiva sin baila, acusado del doble asesinato de Lula Landry y Rochelle Onifade. Se respetaron las verdaderas y legítimas últimas voluntades de Lula, otorgándole independencia financiera a su hermano biológico, Jonah.
La luz del sol matutino se filtraba a través de los cristales limpios de mi oficina en Denmark Street mientras Robin empacaba su pequeño organizador de escritorio en una caja de cartón. Entré con dos cafés calientes, con paso firme y notablemente ligero.
—Buenos días, Robin —la saludé.
—Buenos días, Sr. Strike —dijo, levantando la mirada—. Acabo de terminar de organizar las declaraciones policiales finales para los archivos.
Me detuve, notando la caja de cartón en su escritorio.
—¿Qué haces con esas cajas?
—Bueno... mi contrato temporal con la agencia de empleo vence a las cinco de la tarde de hoy —explicó suavemente, bajando la mirada—. Asumí que querría contratar a una secretaria permanente de verdad ahora que el caso está cerrado.
Me apoyé contra el marco de la puerta, dándole un lento sorbo a mi café.
—¿Una secretaria? No. No necesito una secretaria, Robin.
Su rostro decayó ligeramente, y la decepción apagó sus ojos brillantes.
—Oh. Ya veo.
—Necesito una socia junior —dije con claridad—. A tiempo completo. El doble de la tarifa de la agencia, con todos los beneficios, y tu nombre pintado en el cristal esmerilado de abajo, justo al lado del mío.
Se congeló, abriendo los ojos de par en par con pura alegría.
—¿Habla en serio?
—Rastreaste el testamento, descubriste el rastro financiero y, francamente, me salvaste la vida con un artículo de papelería —sonreí con calidez—. Sería un idiota si te dejara ir.
Sin perder un solo segundo, Robin se dio la vuelta, volcó la caja y comenzó a colocar su organizador de escritorio exactamente donde correspondía.
—En ese caso, Sr. Strike... —sonrió, mirándome—, ¿cuál es nuestro próximo caso?
Le entregué una taza de café caliente y sonreí ampliamente.
—Pongámonos a trabajar.